2 de Mayo: UNA NACIÓN INDEPENDIENTE



204 años después del levantamiento del pueblo de Madrid contra las tropas del ejercito invasor de Napoleón, fueron cientos los madrileños que riendieron homenaje a los héroes patriotas caidos el 2 y 3 de mayo de 1808.

Sin ninguna organización convocante, casi un centenar de jóvenes entre los que nos encontrábamos militantes de Juventud Nacional, nos dimos cita en el cementerio de la Florida donde 3 de mayo caían fusilados los detenidos que el día anterior se habían levantado contra los invasores.

  
El 2 de mayo de 1808 el pueblo madrileño se levantó contra el ejército napoleónico que ocupaba la Villa y casi todo el país mientras la clase gobernante, entonces poderosa Iglesia y el ejército español se ponía, literalmente, a disposición del enemigo.

Nuestros antepasados reaccionaron violentamente como única manera de autodefensa ante un ejército invasor, prepotente y ladrón. Lucharon con las escasas armas a su alcance para defender su honor en nombre de toda la nación. Y muchos cientos murieron por ello. ¡Qué tiempos aquellos en que los españoles se alzaban contra la injusticia!

Hagamos memoria: Después de obligar a nuestro servil gobierno a entrar en guerra contra Inglaterra (lo que nos costó perder gran parte de nuestra Armada en Trafalgar), Napoleón había invadido las principales ciudades del Norte de España con métodos torticeros (la excusa fue la invasión de Portugal). Los gobernantes españoles, conscientes de la inferioridad de nuestro ejército, se limitaron a facilitar las cosas al invasor. El Príncipe de Asturias (Fernando, luego coronado como VII de su nombre) aprovecha el descontento popular para dar un golpe de Estado contra su padre (el rey Carlos IV –al que obliga a abdicar-) y su valido, el odiado Godoy. En esas llegan los franceses a Madrid haciendo creer que en ayuda del Príncipe (la gran esperanza de los españoles), mandan a los reyes a Francia y, poco después y mediante burdo engaño, al mismo Fernando VII.


Monumento con la llama eterna a los mártires caídos por España en el Paseo de Recoletos, Madrid
La estancia de los franceses se hacía larga y onerosa (vivían a costa de los arruinados ayuntamientos), por si esto fuese poco, su comportamiento provocador se ganaba el odio de los españoles. Grupos de patriotas preparaban un levantamiento y este se produjo espontáneamente en la mañana del 2 de mayo cuando un grupo de vecinos impide la partida del Infante Francisco de Paula (único miembro de la familia real que quedaba en España). Las tropas francesas no dudaron en abrir fuego contra los revoltosos causando las primeras muertes del día. Y lo que en otros lugares habría conseguido provocar el miedo y la sumisión, en Madrid desató la ira de los vecinos que comenzaron la caza del gabacho por toda la Villa. Cuando el general Murat se enteró de la noticia mandó a todas sus tropas a tomar la ciudad (las unidades francesas, compuestas por unos 36.000 hombres, estaban acuarteladas estratégicamente en los alrededores: Chamartín, El Retiro, Carabanchel). Los madrileños (en realidad gentes de todos los rincones de España y del Imperio –americanos, napolitanos-, como se puede comprobar en las listas de caídos) intentaron evitar la entrada de estos refuerzos, a pesar de derramar generosos su sangre no lograron impedirlo ante lucha tan desigual. Los supervivientes se agolparon entonces a las puertas de los acuartelamientos de tropas españolas, puertas que permanecieron cobardemente cerradas. Salvo una excepción: el Parque de Artillería de Monteleón; un militar, el capitán Pedro Velarde, desobedeció abiertamente las órdenes de sus superiores, se presentó en el parque y, junto al capitán Luis Daoiz y sus hombres, rindió a la unidad francesa que controlaba el cuartel. Armaron al pueblo, organizaron la defensa y esperaron la llegada de los franceses. En las calles del actual barrio de Malasaña (que toma el apellido de una de las caídas aquel día) perdieron la vida cerca de quinientos franceses y los españoles lucharon hasta que no les quedaron fuerzas ni munición.

En la tarde de aquel 2 de mayo la rebelión ya había sido totalmente sofocada y las tropas francesas se esforzaban en hacer registros y apresar sospechosos, esa noche fueron fusilados cientos de héroes en distintos puntos de las afueras.

Francisco de Goya nos dejó imágenes tanto de la lucha en la Puerta del Sol como de aquellos fusilamientos de madrugada.

Pero ese día se había encendido ya la mecha de lo que acabó siendo una guerra total por la Independencia donde el ejército napoleónico sufrió su primera derrota (Bailén) y acabó siendo expulsado del país.
Ya casi nadie se acuerda de aquellos mártires, de aquellos patriotas que dieron su vida por España. Probablemente porque no interesa que se saquen paralelismos con lo sucedido aquellos días, porque nadie duda que hemos sufrido otra invasión (silenciosa, sin cañones ni bayonetas, llamémosla “mundialización”), que nuestro poder político está en manos extranjeras que no miran precisamente por nuestros intereses, que nuestra traidora clase política sigue estando de parte del enemigo y que nuestra familia real sigue dando un espectáculo tan lamentable como la que dieron entonces sus antepasados.


Aquel 2 de mayo de 1808 fue el pueblo el que se levantó. Por lo menos, mantengamos vivo su espíritu y su recuerdo.



Una réplica del cuadro de "los fusilamientos del 3 de mayo" (Goya) a la entrada del cementerio de la Florida, rindiendo homenaje al valor y heroismo del pueblo español durante la Guerra de la Independencia




HONOR Y GLORIA a los heroes españoles









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Ruta a la Cova Negra, Alicante

La Cova Negra, una cueva poco explorada en Alicante
Descenso por los acantilados camino a la cueva



interior de la Cova Negra



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Murales en Alcalá de Henares


En Alcalá de Henares continúan apareciendo murales exigiendo la prioridad de los españoles en nuestra tierra.

Los españoles primero












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Contra los realojos en Alcalá

Pancarta en el barrio alcalaíno de Espartales en protesta contra los realojos
Protesta de Juventud Nacional, las juventudes de España2000, por los realojos de población marginal en los barrios de Alcalá de Henares. El grupo municipal que forma España2000 en la ciudad, presentará en el próximo pleno una moción solicitando el cese de los realojos en todo el término municipal (enlace aquí).


Los vecinos de este nuevo barrio de Alcalá, fuertemente azotado por la Comunidad de Madrid que lo han convertido en su vertedero particular de población marginal, suman su apoyo y sus muestrasde agradecimiento al mensaje que el Grupo Mixto-España 2000 defiende en el Ayuntamiento de Alcalá, REALOJOS: NI UNO MÁS

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Juventud Nacional en Beniganim (Valencia)

Ejerciendo el mandato recibido de la Junta Nacional de España 2000, representantes de la Comisión de Juventud Nacional, encabezados por su coordinador Andrés Vicent, se desplazaron hasta Beniganim (Valencia) para asistir a una comida organizada por el conjunto de representantes de varias localidades valencianas (Genoves, Alfarrasi, Beniganim y Jativa) con la finalidad de constituir una delegación conjunta y poder consolidar intenciones de la misma. 
La reunion fue satisfactoria en asistencia y voluntades por parte de los asistentes, se marcaron directrices y se orientó a los jóvenes para el inicio de su actividad con Juventud Nacional.

De este modo se va consolidando Juventud Nacional en la provincia de Valencia, concretamente en las comarcas de la Vall d`Albaida y la Costera.
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Un humilde homenaje para nuestros caídos.


Crónica enviada por  Juventud Nacional Marina Alta (Alicante).

Tras varios meses pensando que fecha marcar como homenaje a todos aquellos que dieron su vida por España, creíamos que esa fecha debía aglutinar el espíritu de las grandes gestas y de los valores por los que dieron la vida nuestros héroes. Por estos motivos, por parte de los patriotas de la Marina Alta considerábamos que el 10 de Febrero se trataba de una fecha idónea.

Idónea porque en esa fecha, multitud de soldados españoles consiguieron frenar con su vida un ataque en Rusia durante la II Guerra Mundial, aun siendo 8 veces menos en número, que no en valor, que el contrincante. Esta hazaña se consiguió luchando lejos de su patria, en tierra extraña, pero de forma generosa y voluntaria, sin esperar nada a cambio y con el único objetivo de defender la civilización europea.

Queríamos realizar un homenaje que englobara a todos los españoles de toda época y condición que han caído por su Patria. Por eso elegimos la cruz, símbolo que unifica a través de nuestra tradición cristiana y que con tantas vidas se ha honrado y defendido.

Tras elegir la fecha y el símbolo a utilizar, únicamente nos faltaba el sitio. Elegimos la montaña de Puig Campana una cumbre situada a 1.406 metros de altitud, siendo la segunda cima más alta de la provincia de Alicante. En su punta cónica presenta dos cimas, las cuales, según la leyenda, surgieron consecuencia del combate en el que se enfrentaron el héroe cristiano Roldán, comandante de Carlomagno, y un jefe moro. En un momento en que el caudillo musulmán había sido arrojado al suelo, Roldán levantó su espada, “Durandarte”, para, descargando todo su furia, darle al infiel el golpe final; sin embargo, éste lo esquivó, pero de la inmensa fuerza con la que Roldán propinó el golpe, cortó un gran trozo de roca, que cayó rodando hasta el mar. Esta roca sería lo que hoy conocemos como la isla de Benidorm y la hendidura que habría dejado sobre la montaña habría conservado el nombre del héroe.

En este mítico lugar de un glorioso combate librado por un héroe cristiano contra el Islam, entendimos que sería un lugar perfecto para rendir un humilde homenaje a nuestros caídos. En una de las crestas del pico, plantamos una cruz de madera que reza “Caídos por España”, para que esta cruz vigile desde las alturas nuestra costa mediterránea y el amanecer de nuestra Nación.

Una vez cumplido nuestro objetivo, solo podemos agradecer la asistencia a todos los que nos acompañado en este homenaje, con independencia de su edad, los cuales en su mayor parte son miembros de nuestro partido, España2000.

El año que viene volveremos a rendir homenaje a los nuestros, ahora a luchar por el futuro militando en el presente.




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La Batalla de las Navas de Tolosa (La Cruzada española)

Mientras nuestra Patria se desmorona por sus cuatro costados, nos acercamos al aniversario de una de aquellas batallas en las que nuestros antepasados ofrecieron su sangre para formar la España europea y de raíces cristianas por la que ya sólo unos pocos seguimos luchando.

El próximo 16 de julio se cumplirán ochocientos años de la batalla de las Navas de Tolosa, la épica batalla que supuso el punto de inflexión definitivo en la lucha contra los invasores musulmanes.

Hagamos memoria: durante el s. XII la Reconquista se había estancado, incluso retrocedido, con unos reinos cristianos más ocupados en luchar entre ellos que en combatir al enemigo musulmán del Sur. También había sido un siglo convulso en la Al-Ándalus musulmana que había terminado en manos del nuevo imperio islamista norteafricano: los almohades. Castilla era el reino con más población y el más pujante entre los cristianos pero sufrieron un serio revés en 1195 en la derrota de Alarcos, donde Alfonso VIII perdió a lo mejor de su ejército. Durante los años siguientes, los almohades asolaron sin apenas resistencia la zona fronteriza: Talavera, Toledo, Madrid, Alcalá de Henares, Guadalajara… que sufrieron sitios y vieron desaparecer su ganado y cosechas y arder sus campos y montes circundantes.

En 1209 los castellanos lanzan su primera razzia veraniega desde el desastre de Alarcos, internándose por la actual provincia de Jaén; los aragoneses, a su vez, hacen lo mismo por Valencia y toman Játiva. Las malas noticias llegan a Marraquech, al califa almohade Al-Nasir (llamado el Príncipe de los Creyentes, Miramamolín para los cristianos) que, poco acostumbrado a sufrir reveses, monta en cólera y proclama la Yihad o Guerra Santa y comienza a preparar en el Norte de África un gran ejército “capaz de llegar a Roma y acabar con la cristiandad”. En la primavera de 1211, el grueso de este ejército ya estaba en Tarifa con Al-Nasir al frente preparándose para la campaña veraniega. En los reinos cristianos cunde el pánico y el rey castellano comienza una intensa labor diplomática para recibir ayuda de sus mal avenidos vecinos y, lo que es más novedoso, por medio del arzobispo de Toledo Jiménez de Rada solicitan al Papa de Roma, Inocencio III, la proclamación de una Cruzada para recibir ayuda europea.


El ejército almohade tuvo serios problemas de organización y suministro para mantener tan inmenso ejército, y encontró en muy malas condiciones los caminos hacia el Norte. Con muchos contratiempos, llegó a la fortaleza de Calatrava (en la actual Calzada de Calatrava, Ciudad Real), la molesta sede de la Orden militar del mismo nombre, situada en medio de los dominios musulmanes de La Mancha desde donde hostigaba los alrededores. Allí, sus cuatrocientos monjes guerreros murieron en una carga heroica contra miles de jinetes moros. Por fortuna para la frontera cristiana así quedaron las cosas aquel año, preparándose unos y otros para la siguiente campaña que se prometía decisiva.

Inocencio III concedió la bula del perdón de los pecados a aquellos cristianos que participasen en la contienda hispana, a la vez que amenazaba con la excomunión a aquellos que osasen atacar Castilla en semejante trance (cosa que, a pesar de todo, hizo aquel a quien iba dirigida la amenaza: el rey de León Alfonso IX). Además, los enviados castellanos cantaron a los cuatro vientos la generosidad de su rey para con los cruzados que acudiesen a combatir al moro.

Alfonso VIII de Castilla y sus estrategas, a pesar de todo, habían decido ya tomar la iniciativa, contaban con el fiel apoyo de Pedro II de Aragón y, desde primeros de año, comenzaron a reunirse en Toledo cruzados ultramontanos (de más allá de los Pirineos, franceses y alemanes en su mayoría) encabezados por el fanático arzobispo de Narbona Arnaldo Amalarico (terror de los herejes Occitanos).

El 20 de junio el gran ejército cristiano, encabezado por los reyes de Castilla y Aragón, se pone en marcha, toma el castillo de Guadalerzas (cerca de Los Yébenes, Toledo) y el 24 la plaza de Malagón (entregándose los ultramontanos a un feroz saqueo y degollina de sus ocupantes, lo que creó las primeras tensiones). El 1 de julio se plantan ante el castillo de Calatrava; tras un día de duro combate los cristianos sólo toman una pequeña parte de la muralla; viendo lo costoso que iba a ser desalojar a los defensores unido al interés del rey en devolver el castillo a los monjes guerreros Calatravos en las mejores condiciones posibles, permite que se pacte la rendición respetando vidas y enseres de los guerreros musulmanes. El acuerdo ofendió sobremanera a los ultramontanos, a pesar de cederles generosamente el rey la mayoría del botín obtenido, tanto que los castellanos tuvieron que escoltar a los moros en su camino al Sur. Este desencuentro provocó el abandono de la gran mayoría de cruzados extranjeros que retornaron a sus países de origen, más preocupados en el botín y en el derramamiento de sangre que en plantar cara a la amenaza que les esperaba a sólo unos días de camino.

Permanecieron el arzobispo Amalarico y unos ciento treinta caballeros, librándose el ejército cruzado de unos pocos miles de guerreros que habían resultado bastante problemáticos desde su entrada en tierras hispanas. La cruzada contra el moro quedaba en lo que siempre había sido: algo puramente español.

Tomada Calatrava, los cristianos limpian la región: el 4 de julio Alfonso VIII y los castellanos ponen otra vez los pies en Alarcos donde años atrás había perdido a miles de familiares y camaradas -allí se les unió el rey Sancho VII de Navarra con unos doscientos caballeros (una presencia testimonial, se dice que forzado por la Iglesia)-. Los siguientes días toman Caracuel, Benavente y alguna otra población cercana.

Retomado el camino hacia el Sur, pasan de largo ante el inexpugnable castillo de Salvatierra para evitar el desgaste que les podría suponer el sitio y asalto.



El 11 de julio, al iniciar el ascenso a Sierra Morena, las avanzadillas de ambos ejércitos entablan los primeros combates. El ejército almohade llega a Las Navas con la intención de impedir el paso de las montañas al enemigo.

El día 13, el ejército cruzado llega al castillo de Castro Ferral –ya en la montaña, en las cercanías de Despeñaperros-, que los moros abandonan, y allí pasa la noche. Comienzan a sufrir el acoso de avanzadas moras a los suministros de agua. Los estrategas cristianos descartan la idea de avanzar entre los peligrosos desfiladeros entre los que sigue la ruta, que era seguramente lo que esperaban los almohades y, según cuenta la leyenda, entonces apareció un pastor que mostró al ejército un camino alternativo más al oeste. Para sorpresa de los moros, que ya celebraban la retirada de los cristianos, al día siguiente aparecen por un sitio inesperado y acampan en la llamada Mesa del Rey, una meseta bien surtida de agua, los intentos del enemigo por impedirlo ya fueron inútiles. El enemigo se les había colado por la puerta de atrás.

El día 15 el ejército almohade se despliega para plantar batalla pero los cruzados lo ignoran reponiendo fuerzas del largo camino y poniendo a punto el armamento.


El día 16 de julio los cristianos forman para batalla. Frente a frente se plantan probablemente los dos mayores ejércitos de la época, según los últimos estudios unos 30.000 cristianos (aproximadamente unos 18.000 castellanos, 8.500 aragoneses y el resto órdenes militares, navarros y caballeros de distintos reinos hispanos y ultramontanos) y probablemente el doble de musulmanes (andalusíes, almohades y mercenarios turcos, árabes y beduinos).

Bajo el sol de julio, la primera línea de infantería cristiana (formada principalmente por milicias concejiles castellanas capitaneadas por el señor de Vizcaya Diego López de Haro y el aragonés García Romero) comenzó su avance mientras unidades de caballería de ambos ejércitos guardaban las alas impidiendo ser flanqueados por el enemigo; poco después la primera línea andalusí se puso en fuga (maltratados por los africanos, eran seguramente los más interesados en la derrota del tirano fundamentalista Al-Nasir y los suyos), los cruzados topan entonces con una lluvia de flechas y con los guerreros almohades de la segunda línea musulmana y, ante la notable superioridad del enemigo, carga la segunda línea cristiana (formada por las órdenes militares y los capitanes Gonzalo Núñez de Lara por Castilla y Jimeno Cornell y Aznar Pardo por Aragón) que tampoco consiguen desbloquear el combate. Es en esa situación crítica, ante la duda de salvar lo poco que queda, cuando la tercera línea cristiana, al grito de ¡Victoria o muerte!, carga contra el enemigo. Tres grupos de caballería (los últimos) encabezados cada uno por un rey (Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra) logran romper y dividir las líneas almohades. Cuenta la leyenda que los primeros en llegar al palenque (o vallado que protegía el campamento almohade y a su califa) y combatir a los fanáticos Imesebelen o Guardia Negra (que luchaban encadenados para no retroceder) fueron los navarros. El califa se puso en fuga. Poco después, sin ejército, su imperio, que llegaba hasta Libia, se derrumbó.

Los cruzados hispanos todavía llegaron ese mes hasta Baeza y Úbeda (allí falleció el maestre del Temple Gómez Ramírez) y dejaron abiertas las puertas de Andalucía a la Reconquista. Los sucesores de Alfonso VIII y Pedro II (Fernando III el Santo y Jaime I el Conquistador respectivamente) redujeron en los siguientes cincuenta años los dominios moros prácticamente a las actuales provincias de Granada y Málaga.

La batalla de las Navas de Tolosa fue efectivamente a victoria o muerte, un órdago en el que ambos bandos lo apostaron todo y en el que el perdedor dejaría sus dominios a merced del enemigo. En el campamento almohade se encontraron ingentes cantidades de armamento y vituallas, confirmación de que tenían previsto continuar su campaña hacia el Norte, quién sabe hasta dónde habrían llegado. Pero nuestros antepasados ofrecieron generosos sus vidas para impedirlo, tenían claro por lo que luchaban, con su arrojo y la fuerza de sus brazos doblegaron a un ejército invasor muy superior en número.

Honrémosles y conmemoremos su hazaña. Celebremos su victoria los que no tenemos dudas sobre cual de los dos bandos era el nuestro. Ya que no se habla de ello en los colegios, ni ningún director o productor de cine considera interesante llevar su gesta a la gran pantalla (ni siquiera a una serie cutre de televisión) en estos tiempos de debilidad, de Alianza de Civilizaciones; contemos a nuestros hijos la auténtica historia de España y que nunca se olvide que nuestra nación se forjó a base de derramar sangre luchando contra el Islam.




(Nota para viajeros: cerca del pueblo de Santa Elena, en Jaén, cerca de Despeñaperros y anunciado en la autovía de Andalucía se encuentra el Museo de la Batalla de las Navas de Tolosa, muy interesante –si ignoramos los estúpidos textos equidistantes entre un bando u otro y que hablan de multiculturalidad- y desde donde se puede contemplar, con indicaciones, el campo donde tuvo lugar la batalla; en el cercano pueblo de Vilches, en la iglesia de San Miguel Arcángel, se pueden ver reliquias y armas de aquel día; y algo más lejos, en el impresionante monasterio de las Huelgas, en Burgos capital, se halla el gran pendón almohade que aquel memorable 16 de julio perdió para siempre Miramamolín, El Príncipe de los Creyentes)

A. Iglesia
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Homenaje a los caidos de la División Azul en Madrid


Cientos de patriotas se dieron cita en el cementerio de la Almudena bajo el lema Honor y Gloria a los caidos

El 10 de Febrero de 2012, aniversario de la Batalla de Krasny Bor, la Juventud Patriota de Madrid convocó un año más el homenaje a los que dieron su vida por la libertad de Europa. Miembros de Juventud Nacional Alcalá participamos en este homenaje a los heroes de la División Azul
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LOS ESPAÑOLES PRIMERO



Jóvenes patriotas están realizando una serie de murales en la ciudad de Alcalá de Henares, con ello pretenden reivindicar la prioridad de los españoles en nuestra tierra.
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800 años de la Batalla de Las Navas de Tolosa


La carga de los tres reyes

Ya ni siquiera se estudia en los colegios, creo. Moros y cristianos degollándose, nada menos. Carnicería sangrienta. Ese medioevo fascista, etcétera. Pero es posible que, gracias a aquello, mi hija no lleve hoy velo cuando sale a la calle. Ocurrió hace casi ocho siglos justos, cuando tres reyes españoles dieron, hombro con hombro, una carga de caballería que cambió la historia de Europa. El próximo 16 de julio se cumple el 798 aniversario de aquel lunes del año 1212 en que el ejército almohade del Miramamolín Al Nasir, un ultrarradical islámico que había jurado plantar la media luna en Roma, fue destrozado por los cristianos cerca de Despeñaperros. Tras proclamar la yihad -seguro que el término les suena- contra los infieles, Al Nasir había cruzado con su ejército el estrecho de Gibraltar, resuelto a reconquistar para el Islam la España cristiana e invadir una Europa -también esto les suena, imagino- debilitada e indecisa.

Los paró un rey castellano, Alfonso VIII. Consciente de que en España al enemigo pocas veces lo tienes enfrente, hizo que el papa de Roma proclamase aquello cruzada contra los sarracenos, para evitar que, mientras guerreaba contra el moro, los reyes de Navarra y de León, adversarios suyos, le jugaran la del chino, atacándolo por la espalda. Resumiendo mucho la cosa, diremos que Alfonso de Castilla consiguió reunir en el campo de batalla a unos 27.000 hombres, entre los que se contaban algunos voluntarios extranjeros, sobre todo franceses, y los duros monjes soldados de las órdenes militares españolas. Núcleo principal eran las milicias concejiles castellanas -tropas populares, para entendernos- y 8.500 catalanes y aragoneses traídos por el rey Pedro II de Aragón; que, como gentil caballero que era, acudió a socorrer a su vecino y colega. A última hora, a regañadientes y por no quedar mal, Sancho VII de Navarra se presentó con una reducida peña de doscientos jinetes -Alfonso IX de León se quedó en casa-. Por su parte, Al Nasir alineó casi 60.000 guerreros entre soldados norteafricanos, tropas andalusíes y un nutrido contingente de voluntarios fanáticos de poco valor militar y escasa disciplina: chusma a la que el rey moro, resuelto a facilitar su viaje al anhelado paraíso de las huríes, colocó en primera fila para que se comiera el primer marrón, haciendo allí de carne de lanza.

La escabechina, muy propia de aquel tiempo feroz, hizo época. En el cerro de los Olivares, cerca de Santa Elena, los cristianos dieron el asalto ladera arriba bajo una lluvia de flechas de los temibles arcos almohades, intentando alcanzar el palenque fortificado donde Al Nasir, que sentado sobre un escudo leía el Corán, o hacía el paripé de leerlo -imagino que tendría otras cosas en la cabeza-, había plantado su famosa tienda roja. La vanguardia cristiana, mandada por el vasco Diego López de Haro, con jinetes e infantes castellanos, aragoneses y navarros, deshizo la primera línea enemiga y quedó frenada en sangriento combate con la segunda. Milicias como la de Madrid fueron casi aniquiladas tras luchar igual que leones de la Metro Goldwyn Mayer. Atacó entonces la segunda oleada, con los veteranos caballeros de las órdenes militares como núcleo duro, sin lograr romper tampoco la resistencia moruna. La situación empezaba a ser crítica para los nuestros -porque sintiéndolo mucho, señor presidente, allí los cristianos eran los nuestros-; que, imposibilitados de maniobrar, ya no peleaban por la victoria, sino por la vida. Junto a López de Haro, a quien sólo quedaban cuarenta jinetes de sus quinientos, los caballeros templarios, calatravos y santiaguistas, revueltos con amigos y enemigos, se batían como gato panza arriba. Fue entonces cuando Alfonso VII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón, se puso al frente de la línea de reserva, tragó saliva y volviéndose al arzobispo Jiménez de Rada gritó: «Aquí, señor obispo, morimos todos». Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y de Navarra, viendo a su colega, hicieron lo mismo. Con vergüenza torera y un par de huevos, ondearon sus pendones y fueron a la carga espada en mano. El resto es Historia: tres reyes españoles cabalgando juntos por las lomas de Las Navas, con la exhausta infantería gritando de entusiasmo mientras abría sus filas para dejarles paso. Y el combate final en torno al palenque, con la huida de Al Nasir, el degüello y la victoria.

¿Imaginan la película? ¿Imaginan ese material en manos de ingleses, o norteamericanos? Supongo que sí. Pero tengan la certeza de que, en este país imbécil, acomplejado de sí mismo, no la rodará ninguna televisión, ni la subvencionará jamás ningún ministerio de Educación, ni de Cultura.

XLSemanal - 12/7/2010 - Arturo Pérez-Reverte
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