La ciudad de las tres culturas,una quimera insostenible

Es inútil cambiar la historia desde el presente, es ridículo interpretar los hechos y principios de acción pasados desde posiciones ideológicas actuales, roza el papanatismo acomodar a lo aceptado hoy como políticamente correcto las decisiones de anteriores siglos, y es idiota pedir perdón por lo que nuestros antepasados hicieron con gusto porque lo consideraban bueno para los suyos y para España, y en aquel momento histórico lo era, y además era lo aceptado por todos los poderes de los países del entorno, que esperaban una duda o una indecisión para lanzarse sobre nuestra Nación, es lamentable y doloroso ver los intentos por borrar las señas que dibujan y mantienen nuestra cultura y nuestra civilización.

En los últimos tiempos se está difundiendo como una verdad irrefutable la convivencia de cristianos, moros y judíos durante los siglos XIII, XIV y XV ( no sé por qué no en los anteriores) en la ciudad de Alcalá, incluso en todo el Reino de Castilla. La manipulación de la historia comienza con los términos utilizados, recurriendo tan pronto a la “convivencia” o la “tolerancia” como al “respeto”, cuando el significado estos vocablos es muy diferente. Hasta el edicto de expulsión de 1.492 para los no conversos, y durante los siglos anteriores desde la reconquista de la ciudad y de la mayor parte de las tierras castellanas, hubo situaciones muy diversas según qué rey estuviese en el trono, qué prelados pastorearan a los seguidores de Cristo, así como la situación económica o sanitaria, dándose épocas de tolerancia (“disposición a admitir en los demás una manera de ser, de obrar o pensar distinta de la propia, particularmente en cuestiones y prácticas religiosas”), otras de respeto (“acatamiento que se hace a uno”), en este caso siempre se daba, al menos formalmente, por parte de los moros y judíos hacia el poder político y religioso imperante, pero jamás hubo tiempo de convivencia (“vivir en compañía de otro u otros, cohabitar”), es decir, habitar juntamente con otros. La evidencia más clara de la falta de convivencia es el hecho de la existencia de morería y judería, la obligación de que los musulmanes y los hebreos habitasen en barrios segregados.

Los judíos se establecieron en la Hispania romana tras la expulsión de su tierra decretada por el emperador Adriano, que sofocó la rebelión iniciada en el año 132 cuando se pretendió romanizar la colonia, pues la obligada diáspora del año 70, cuando el general Tito Flavio, hijo del emperador Vespasiano y sucesor suyo, venció la rebelión que estalló en el 66 e incendió el templo de Jerusalén, no había sido absoluta. Todavía en esta Hispania romana, en el año 314, se celebra el Concilio de Elvira ( Granada ), en el que ya se dedica atención a las relaciones entre cristianos y judíos, estableciendo una normativa represiva que, con la invasión visigoda en 415 y el arrianismo, queda olvidada y se impone una política de protección del pueblo de Israel, quebrada de nuevo cuando Recaredo I se convierte al catolicismo en 587 y el III Concilio de Toledo rescata las normas del de Elvira, llegando al extremo de su aplicación con la entronización de Sisebuto, que decreta una expulsión en 612. En el IV Concilio toledano de 633 se vuelve sobre la separación total de judíos y cristianos, y en el XVII se les persigue abiertamente. Con la invasión musulmana, los judíos fueron segregados o perseguidos por sistema, hasta el punto que preferían emigrar a los reinos cristianos que se fueron estableciendo durante la Reconquista, huída que se convirtió en masiva cuando Alfonso VI conquistó Toledo, y también Alcalá, en 1.085, pues estableció leyes (Carta Inter Christianos et Judaeos ) muy beneficiosas para ellos, que no hacen sino que aumentar el odio y el rencor entre los cristianos, que a la muerte del rey se traducen en matanzas en todas las aljamas castellanas. Este vaivén legal, esta alternancia de consentimiento y persecución, fue constante durante siglos, pero siempre manteniendo la separación de los judíos y de los musulmanes, que se incorporaban como minoría segregada según avanzaba la Reconquista, y llegamos a un hito histórico para nuestra ciudad que se sitúa en 1.348, cuando el Rey Alfonso XI convocó Cortes en Alcalá de las que salió una nueva norma que unificaba la legislación castellana, muy necesaria por la diversificación y proliferación de fueros y cartas que había en las distintas localidades, que se llamó Ordenamiento de Alcalá, pues bien, esta superior norma a la que se supeditaban el resto, supuso un agravamiento importante de las condiciones de vida de las minorías judía y musulmana, que a partir de entonces empeoraron progresivamente, hasta desembocar en el gran pogrom de 1.391 en todas las ciudades castellanas, o la imposibilidad de vivir fuera de las juderías y la obligación de llevar distintivos especiales en los trajes decretados en 1.408, épocas también en las que se producen conversiones en masa que, como se sabe, tampoco suponía una equiparación total de derechos, el establecimiento de la Inquisición en 1.478 con autorización del Papa Sixto IV y, por último, el edicto de expulsión de 1.492.

¿Podemos creernos que Alcalá era una isla de paz y orden en el proceloso mar de una Castilla que perseguía la unificación religiosa y política? ¿Por qué, entonces, se pretende crear una falsa atmósfera de convivencia, de Arcadia feliz en la que judíos, moros y cristianos vivían en total consonancia? Sin duda para acomodar la historia, que es otra, a la corriente de opinión actual, organizar campañas de turismo sobre la falsedad y, lo que es peor, convencer a la generación actual y a las venideras de que aquella política, en mi opinión beneficiosa para España, no existió, porque criticarla o intentar demostrar que fue perjudicial sería lícito. No es aceptable esta tendencia a la práctica de la historia-ficción, no se puede asistir indiferente a los borrones que se lanzan sobre el libro de la historia, no es de recibo la política estalinista de cambiar el pasado, en la que el caso de Alcalá sólo es una gota en una tormenta de oprobio contra la historia de nuestra Nación.
MMR