La Batalla de las Navas de Tolosa (La Cruzada española)

Mientras nuestra Patria se desmorona por sus cuatro costados, nos acercamos al aniversario de una de aquellas batallas en las que nuestros antepasados ofrecieron su sangre para formar la España europea y de raíces cristianas por la que ya sólo unos pocos seguimos luchando.

El próximo 16 de julio se cumplirán ochocientos años de la batalla de las Navas de Tolosa, la épica batalla que supuso el punto de inflexión definitivo en la lucha contra los invasores musulmanes.


Hagamos memoria: durante el s. XII la Reconquista se había estancado, incluso retrocedido, con unos reinos cristianos más ocupados en luchar entre ellos que en combatir al enemigo musulmán del Sur. También había sido un siglo convulso en la Al-Ándalus musulmana que había terminado en manos del nuevo imperio islamista norteafricano: los almohades. Castilla era el reino con más población y el más pujante entre los cristianos pero sufrieron un serio revés en 1195 en la derrota de Alarcos, donde Alfonso VIII perdió a lo mejor de su ejército. Durante los años siguientes, los almohades asolaron sin apenas resistencia la zona fronteriza: Talavera, Toledo, Madrid, Alcalá de Henares, Guadalajara… que sufrieron sitios y vieron desaparecer su ganado y cosechas y arder sus campos y montes circundantes.

En 1209 los castellanos lanzan su primera razzia veraniega desde el desastre de Alarcos, internándose por la actual provincia de Jaén; los aragoneses, a su vez, hacen lo mismo por Valencia y toman Játiva. Las malas noticias llegan a Marraquech, al califa almohade Al-Nasir (llamado el Príncipe de los Creyentes, Miramamolín para los cristianos) que, poco acostumbrado a sufrir reveses, monta en cólera y proclama la Yihad o Guerra Santa y comienza a preparar en el Norte de África un gran ejército “capaz de llegar a Roma y acabar con la cristiandad”. En la primavera de 1211, el grueso de este ejército ya estaba en Tarifa con Al-Nasir al frente preparándose para la campaña veraniega. En los reinos cristianos cunde el pánico y el rey castellano comienza una intensa labor diplomática para recibir ayuda de sus mal avenidos vecinos y, lo que es más novedoso, por medio del arzobispo de Toledo Jiménez de Rada solicitan al Papa de Roma, Inocencio III, la proclamación de una Cruzada para recibir ayuda europea.


El ejército almohade tuvo serios problemas de organización y suministro para mantener tan inmenso ejército, y encontró en muy malas condiciones los caminos hacia el Norte. Con muchos contratiempos, llegó a la fortaleza de Calatrava (en la actual Calzada de Calatrava, Ciudad Real), la molesta sede de la Orden militar del mismo nombre, situada en medio de los dominios musulmanes de La Mancha desde donde hostigaba los alrededores. Allí, sus cuatrocientos monjes guerreros murieron en una carga heroica contra miles de jinetes moros. Por fortuna para la frontera cristiana así quedaron las cosas aquel año, preparándose unos y otros para la siguiente campaña que se prometía decisiva.

Inocencio III concedió la bula del perdón de los pecados a aquellos cristianos que participasen en la contienda hispana, a la vez que amenazaba con la excomunión a aquellos que osasen atacar Castilla en semejante trance (cosa que, a pesar de todo, hizo aquel a quien iba dirigida la amenaza: el rey de León Alfonso IX). Además, los enviados castellanos cantaron a los cuatro vientos la generosidad de su rey para con los cruzados que acudiesen a combatir al moro.

Alfonso VIII de Castilla y sus estrategas, a pesar de todo, habían decido ya tomar la iniciativa, contaban con el fiel apoyo de Pedro II de Aragón y, desde primeros de año, comenzaron a reunirse en Toledo cruzados ultramontanos (de más allá de los Pirineos, franceses y alemanes en su mayoría) encabezados por el fanático arzobispo de Narbona Arnaldo Amalarico (terror de los herejes Occitanos).

El 20 de junio el gran ejército cristiano, encabezado por los reyes de Castilla y Aragón, se pone en marcha, toma el castillo de Guadalerzas (cerca de Los Yébenes, Toledo) y el 24 la plaza de Malagón (entregándose los ultramontanos a un feroz saqueo y degollina de sus ocupantes, lo que creó las primeras tensiones). El 1 de julio se plantan ante el castillo de Calatrava; tras un día de duro combate los cristianos sólo toman una pequeña parte de la muralla; viendo lo costoso que iba a ser desalojar a los defensores unido al interés del rey en devolver el castillo a los monjes guerreros Calatravos en las mejores condiciones posibles, permite que se pacte la rendición respetando vidas y enseres de los guerreros musulmanes. El acuerdo ofendió sobremanera a los ultramontanos, a pesar de cederles generosamente el rey la mayoría del botín obtenido, tanto que los castellanos tuvieron que escoltar a los moros en su camino al Sur. Este desencuentro provocó el abandono de la gran mayoría de cruzados extranjeros que retornaron a sus países de origen, más preocupados en el botín y en el derramamiento de sangre que en plantar cara a la amenaza que les esperaba a sólo unos días de camino.

Permanecieron el arzobispo Amalarico y unos ciento treinta caballeros, librándose el ejército cruzado de unos pocos miles de guerreros que habían resultado bastante problemáticos desde su entrada en tierras hispanas. La cruzada contra el moro quedaba en lo que siempre había sido: algo puramente español.

Tomada Calatrava, los cristianos limpian la región: el 4 de julio Alfonso VIII y los castellanos ponen otra vez los pies en Alarcos donde años atrás había perdido a miles de familiares y camaradas -allí se les unió el rey Sancho VII de Navarra con unos doscientos caballeros (una presencia testimonial, se dice que forzado por la Iglesia)-. Los siguientes días toman Caracuel, Benavente y alguna otra población cercana.

Retomado el camino hacia el Sur, pasan de largo ante el inexpugnable castillo de Salvatierra para evitar el desgaste que les podría suponer el sitio y asalto.



El 11 de julio, al iniciar el ascenso a Sierra Morena, las avanzadillas de ambos ejércitos entablan los primeros combates. El ejército almohade llega a Las Navas con la intención de impedir el paso de las montañas al enemigo.

El día 13, el ejército cruzado llega al castillo de Castro Ferral –ya en la montaña, en las cercanías de Despeñaperros-, que los moros abandonan, y allí pasa la noche. Comienzan a sufrir el acoso de avanzadas moras a los suministros de agua. Los estrategas cristianos descartan la idea de avanzar entre los peligrosos desfiladeros entre los que sigue la ruta, que era seguramente lo que esperaban los almohades y, según cuenta la leyenda, entonces apareció un pastor que mostró al ejército un camino alternativo más al oeste. Para sorpresa de los moros, que ya celebraban la retirada de los cristianos, al día siguiente aparecen por un sitio inesperado y acampan en la llamada Mesa del Rey, una meseta bien surtida de agua, los intentos del enemigo por impedirlo ya fueron inútiles. El enemigo se les había colado por la puerta de atrás.

El día 15 el ejército almohade se despliega para plantar batalla pero los cruzados lo ignoran reponiendo fuerzas del largo camino y poniendo a punto el armamento.


El día 16 de julio los cristianos forman para batalla. Frente a frente se plantan probablemente los dos mayores ejércitos de la época, según los últimos estudios unos 30.000 cristianos (aproximadamente unos 18.000 castellanos, 8.500 aragoneses y el resto órdenes militares, navarros y caballeros de distintos reinos hispanos y ultramontanos) y probablemente el doble de musulmanes (andalusíes, almohades y mercenarios turcos, árabes y beduinos).

Bajo el sol de julio, la primera línea de infantería cristiana (formada principalmente por milicias concejiles castellanas capitaneadas por el señor de Vizcaya Diego López de Haro y el aragonés García Romero) comenzó su avance mientras unidades de caballería de ambos ejércitos guardaban las alas impidiendo ser flanqueados por el enemigo; poco después la primera línea andalusí se puso en fuga (maltratados por los africanos, eran seguramente los más interesados en la derrota del tirano fundamentalista Al-Nasir y los suyos), los cruzados topan entonces con una lluvia de flechas y con los guerreros almohades de la segunda línea musulmana y, ante la notable superioridad del enemigo, carga la segunda línea cristiana (formada por las órdenes militares y los capitanes Gonzalo Núñez de Lara por Castilla y Jimeno Cornell y Aznar Pardo por Aragón) que tampoco consiguen desbloquear el combate. Es en esa situación crítica, ante la duda de salvar lo poco que queda, cuando la tercera línea cristiana, al grito de ¡Victoria o muerte!, carga contra el enemigo. Tres grupos de caballería (los últimos) encabezados cada uno por un rey (Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra) logran romper y dividir las líneas almohades. Cuenta la leyenda que los primeros en llegar al palenque (o vallado que protegía el campamento almohade y a su califa) y combatir a los fanáticos Imesebelen o Guardia Negra (que luchaban encadenados para no retroceder) fueron los navarros. El califa se puso en fuga. Poco después, sin ejército, su imperio, que llegaba hasta Libia, se derrumbó.

Los cruzados hispanos todavía llegaron ese mes hasta Baeza y Úbeda (allí falleció el maestre del Temple Gómez Ramírez) y dejaron abiertas las puertas de Andalucía a la Reconquista. Los sucesores de Alfonso VIII y Pedro II (Fernando III el Santo y Jaime I el Conquistador respectivamente) redujeron en los siguientes cincuenta años los dominios moros prácticamente a las actuales provincias de Granada y Málaga.

La batalla de las Navas de Tolosa fue efectivamente a victoria o muerte, un órdago en el que ambos bandos lo apostaron todo y en el que el perdedor dejaría sus dominios a merced del enemigo. En el campamento almohade se encontraron ingentes cantidades de armamento y vituallas, confirmación de que tenían previsto continuar su campaña hacia el Norte, quién sabe hasta dónde habrían llegado. Pero nuestros antepasados ofrecieron generosos sus vidas para impedirlo, tenían claro por lo que luchaban, con su arrojo y la fuerza de sus brazos doblegaron a un ejército invasor muy superior en número.

Honrémosles y conmemoremos su hazaña. Celebremos su victoria los que no tenemos dudas sobre cual de los dos bandos era el nuestro. Ya que no se habla de ello en los colegios, ni ningún director o productor de cine considera interesante llevar su gesta a la gran pantalla (ni siquiera a una serie cutre de televisión) en estos tiempos de debilidad, de Alianza de Civilizaciones; contemos a nuestros hijos la auténtica historia de España y que nunca se olvide que nuestra nación se forjó a base de derramar sangre luchando contra el Islam.




(Nota para viajeros: cerca del pueblo de Santa Elena, en Jaén, cerca de Despeñaperros y anunciado en la autovía de Andalucía se encuentra el Museo de la Batalla de las Navas de Tolosa, muy interesante –si ignoramos los estúpidos textos equidistantes entre un bando u otro y que hablan de multiculturalidad- y desde donde se puede contemplar, con indicaciones, el campo donde tuvo lugar la batalla; en el cercano pueblo de Vilches, en la iglesia de San Miguel Arcángel, se pueden ver reliquias y armas de aquel día; y algo más lejos, en el impresionante monasterio de las Huelgas, en Burgos capital, se halla el gran pendón almohade que aquel memorable 16 de julio perdió para siempre Miramamolín, El Príncipe de los Creyentes)

A. Iglesia